Islandia rechaza seguir el proceso de integración en la Unión Europea

Written by

in

El relato volvió a vencer al dato en el referéndum de Islandia sobre la reanudación de las negociaciones para la entrada en la Unión Europea. El no se impuso por la mínima, con un 52,8% del voto, frente al 47,1% del sí. Por un lado, estaba una campaña tecnocrática, basada en argumentos complejos, como defensa y seguridad, política monetaria, y capacidad de decisoria en grandes cuestiones políticas. O sea, el dato. Y, también, una falta total de visión de lo que quería. O, como puso el ex ministro de Justicia conservador, y votante del no, Björn Barnasson, “esencialmente, el mensaje era: ‘decid que sí y luego ya varemos lo que hacemos’. La mayoría de los votantes decidió que eso era dar al Gobierno un cheque en blanco y rechazó la propuesta’”. Sin embargo, el Ejecutivo no pedía ese “cheque en blanco” para entrar en la UE. Solo para reanudar las negociaciones de entrada, que están técnicamente “suspendidas” desde hace 13 años. En el supuesto de que esas conversaciones dieran fruto, hubiera habido otra consulta para aprobar o rechazar el acuerdo de adhesión.

Pero la estrategia del no evitó enredarse en estadísticas, estrategias geopolíticas o tácticas -o ausencia de tácticas-negociadoras. En vez de eso, apuntó al corazón de los islandeses con un relato claro basado en futuribles, no en hechos. Según sus planteamientos, votar sí implicaba, en realidad, entrar en la UE. Y entrar en la UE suponía la pérdida de soberanía, la destrucción de las industrias tradicionales del país (la pesca y la agricultura), y la invasión de los inmigrantes, lo que es un sinsentido en un país que ya tiene libertad de movimientos con la UE, por lo que da igual entrar en ella o no para que acudan trabajadores extranjeros. Todo ello se sazonó con teorías disparatadas sobre el supuesto coste económico que Bruselas iba a imponer, y con un argumento que no es cierto: al pertenecer al Espacio Económico Europeo (EEE), Islandia ya adopta la legislación de la UE de forma casi automática. En realidad, solo un 13% de las normas de Bruselas entran a formar parte de su ordenación.