Michelle Burchill trabaja para el condado de Yavapai, en Arizona. Es una registradora, los funcionarios encargados de gestionar algunos asuntos administrativos y electorales. En esa zona, por ejemplo, llevan el registro de votantes, se ocupan de inscribir a los ciudadanos en el censo y mantenerlo actualizado, de manejar las solicitudes de voto por correo o de responder a las dudas sobre su inscripción. El pasado viernes, desesperada, acudió a las redes sociales del condado con un mensaje a sus vecinos: “¡ATENCIÓN VOTANTES!: El presidente NO está en la papeleta electoral. Estamos recibiendo muchas llamadas preguntando por qué falta esa elección. Además, no podemos contabilizar peines para el cabello de los votantes, tarjetas de regalo, listas de tareas pendientes, facturas de impuestos ni nada que no sea una Papeleta Electoral del Condado de Yavapai. ¡Feliz votación!”.
Durante los últimos tres meses, Donald Trump ha pedido a sus simpatizantes que acudan a las urnas imaginando que él está en las papeletas. Lo ha dicho una y otra vez, en todos mítines de un lado al otro del país explicando que su nombre no figuraría pero que debían actuar como si estuviera. El presidente está convencido de que es todopoderoso, de que ha ganado todas las elecciones a las que se ha presentado (incluyendo la de 2020, que perdió), de que el país lo reverencia casi sin fisuras y de que si estas elecciones legislativas de mitad de mandato (o midterms) se convierten en un referéndum sobre él y su gestión, y no sobre asuntos estatales o locales, la victoria está asegurada.
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Las encuestas, sin embargo, dicen que los republicanos van a sufrir una sonada derrota y que hay muchísimas posibilidades de que pierdan el control de las dos cámaras del Congreso. Que en efecto están siendo un referéndum sobre él, pero también sobre el coste de la vida, sobre la corrupción. Y que el resultado no es el que él espera. Hace un mes se daba por hecho que la Cámara de Representantes cambiaría de manos pero que el Senado sería muy difícil, pues los demócratas necesitan conservar todos sus escaños y arrebatar nada menos que cuatro, la mayoría de ellos en zonas muy republicanas. Ahora, sin embargo, la izquierda cree que estamos a las puertas de una ‘ola azul’ y que pueden conseguir una mayoría enorme.
La razón es Trump, con el índice de popularidad más bajo desde que entró en política. Los medios estadounidenses llevan semanas recogiendo testimonios anónimos de congresistas, senadores y sus equipos diciendo que la presencia del presidente, sus discursos y sus mensajes se han vuelto tóxicos y les hacen mucho daño. Los candidatos no pueden hacer su campaña, apelando a lo que saben que funciona bien con su electorado, sino que se ven forzados a seguir el guion de Trump y, sobre todo, defender su gestión. Defender la guerra de Irán, a pesar de que ha disparado el precio de la gasolina y el diésel. Defender los aranceles, a pesar de que han tenido enormes repercusiones en sus estados en los precios de los alimentos y el daño a las empresas. Defender la política migratoria, al ICE y las deportaciones, aunque hayan generado ansiedad y terror en sus condados, hayan matado a ciudadanos estadounidenses o dejado muchos campos y fábricas sin mano de obra. Defender incluso que quieren que vuelva a presentarse en 2028, sabiendo que es inconstitucional.
Los aspirantes conservadores al Congreso ponen caras de circunstancias cuando Trump reprocha al público, en actos junto a ellos, que se quejen del coste de la vida. Cuando culpa a los ganaderos, en estados como Kansas o Texas, de que no baje el precio de la ternera y no ayuden lo suficiente. Cuando dice, literalmente, que le trae completamente sin cuidado el aumento del precio de la gasolina y el sufrimiento de las familias. “Nuestro país está ganando cientos de miles de millones de dólares gracias a lo que ha sucedido en Oriente Próximo, porque están viniendo a Texas, a Oklahoma y a Luisiana a llevarse ese petróleo. (…) Mi gente me dice: Por favor, no mencione eso, señor, la gente está pagando un poco más. Pero yo les digo: ‘Me importa un bledo, lo voy a decir: ¡Estamos ganando una fortuna!’”, se jactó en Georgia hace apenas unos días.
Los asistentes se reúnen en un Acto de campaña del diputado republicano por Pensilvania Scott Perry y el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson (republicano por Luisiana)Afp
Pero hay mucho más. Trump ha convertido el proceso en un referéndum no sólo sobre su agenda, su estilo, su lenguaje y sus modos, su popularidad, sino sobre su poder y su criterio. La última encuesta conjunta de The New York Times y la Universidad de Siena, publicada el domingo por la noche, sitúa a los demócratas por delante en los siete estados que pueden resultar decisivos para el control del Senado: Michigan, donde Abdul El Sayed aventaja al republicano Mike Rogers por 53% a 42%; Texas, con James Talarico por delante de Ken Paxton 50%-43%; Maine, donde Troy Jackson supera a Susan Collins 51%-45%; Kansas, con el pastor Adam Hamilton 49%-44% frente a Roger Marshall; y Ohio, donde Sherrod Brown aventaja a Jon Husted 49%-44%. Las diferencias se estrechan en Alaska, donde la demócrata Mary Peltola está apenas dos puntos por delante de Dan Sullivan (48%-46%), y en Iowa, donde Josh Turek aventaja por apenas un punto a Ashley Hinson (48%-47%).
Las midterms son casi siempre muy malas para el partido que controla la Casa Blanca. Es habitual que pierdan seis o siete puntos. Apenas dos veces, en los últimos 50 años, se ha roto la tendencia. Ocurrió en el primer mandato de Trump y volverá a pasar. Pero esta vez parece que va más allá incluso. El líder MAGA ha apostado todo a sus obsesiones recurrentes y a la guerra cultural. El islam, los inmigrantes, los transgénero. Ignorando la realidad diaria de millones de personas que han perdido el seguro médico porque no pueden costearse las subidas. Que no llegan a fin de mes.
Los sondeos, corregidos técnicamente en esta edición porque en el pasado tendían a sobrerrepresentar a los progresistas, apunta a que los demócratas podrán conseguir la mayoría del Senado apuntalando la victoria en estados que hace apenas dos años Trump ganó con márgenes de 15 o 20 puntos sobre Kamala Harris. Si se analiza el detalle, Trump está detrás de decisiones específicas y personales que dan todavía más contexto. Por ejemplo, cuando escogió a JD Vance como vicepresidente, éste tuvo que dejar su puesto como senador en Ohio, que tenía desde hacía menos de dos años, lo que abrió la puerta a una reñida elección especial este año que el Partido Republicano podría perder. El gobernador del estado nombró a John Husted, quien en realidad quería postularse para gobernador y ahora puede perder el puesto. Y el escogido para intentar ser gobernador, otro aliado incondicional de Trump, puede perder por un inefable anuncio contra su rival usando a su madre, una señora que perdió su custodia hace 40 años tras fugarse con su segundo marido, acusado de abusos sexuales. Sólo Trump ha defendido el anuncio y a esa madre.
En el verano de 2025, el senador Thom Tillis, de Carolina del Norte, rompió con Trump al votar contra su gran proyecto fiscal y presupuestario, la Big Beautiful Bill. Trump amenazó con apoyar a un rival en las primarias y Tillis anunció poco después que no volvería a presentarse a la reelección. En su lugar Trump apoyó con entusiasmo a Michael Whatley, un aliado al que las encuestas sitúan 10 puntos por detrás de su rival demócrata. Lo mismo ocurrió nada menos en Texas, donde Trump fulminó al senador Cornyn por considerar que no era lo suficientemente leal y entusiasta y apoyó, de entre todas las alternativas, a la peor opción posible, Ken Paxton, el fiscal general que en el pasado había sido cesado por un impeachment apoyado por su partido por corrupción. Y de forma indirecta también con candidatos en Georgia o Carolina del Sur, donde su apuesta por la hermana del fallecido Lindsey Graham, una mujer sin ninguna experiencia en política ni más activos que su apellido, dividió y debilitó al partido.
Simpatizantes vitorean a la candidata demócrata al Senado por Carolina del Sur, Annie Andrews, el domingo en Myrtle Beach.Afp
Los estadounisenses acuden hoy a las urnas después de haber roto los récords de voto anticipado y de voto por correo. Quizás por una mayor movilización, quizás por miedo a que haya problemas o incidentes en los colegios. Con rumores sobre un inminente ataque a Irán o posibles represalias y atentados en suelo estadounidense. Con miedo a pleitos, problemas en la certificación de resultados, a que haya candidatos que no acepten su derrota. O que la Casa Blanca quiere poner obstáculos. Miedo a incidentes, a disturbios. Con figuras del mundo MAGA hablando de guerras civiles o la tercera guerra mundial. Con mensajes en las redes sociales que animan a guardar provisiones para varios días en casa.
Trump planteó estos comicios como una apuesta y eso entraña un riesgo. En estos dos años ha gobernado como si tuviera poderes absolutos y fuera imparable, sin una oposición real, ignorando al Congreso y presionando a los tribunales. Asumiendo que su influencia y su sombra eran suficientes para que se cumplieran sus deseos, pero no es lo mismo designar candidatos que convertirlos en ganadores. Una derrota no sólo será interpretada como un castigo a su gestión, sino sobre todo una señal de desgaste de su liderazgo y una advertencia de que una parte importante de los estadounidenses que lo llevaron de vuelta a la Casa Blanca está muy descontenta con el rumbo del país. En lugar de reforzar su mandato, su leyenda, las midterms medirán los límites de su poder político. Trump es único, tiene un poder descomunal, un control de su partido sin precedentes. El miércoles descubrirá si es también es mortal, como sus predecesores. Un pato cojo.

